Hace unos días, tuve la desafortunada experiencia de darme
cuenta de varios fraudes que cometieron unos alumnos en mi clase. Algunos
dirían que son pequeñas transgresiones que no tienen importancia… como poner el
nombre del compañero en el trabajo en el que no participó o hacer una
evaluación con el nombre de otra persona, porque esta estaba cansada y se fue
temprano de la clase. ¿Son cosas sin importancia?, ¿que no valen la pena?, ¿que
no tiene sentido cuestionarse sobre eso pues hay cosas mucho más importantes
por las que preocuparse?, al fin y al cabo esa evaluación equivalía a un 5% de
la nota de la asignatura…
También he tenido la oportunidad de conversar con varios
alumnos a los que les doy clase en la universidad sobre su vida, hablamos sobre
sus metas, su familia, sus relaciones, sus valores. Hablamos sobre cada una de
sus dimensiones personales (física, intelectual, espiritual, social y
afectiva). Curiosamente o no tan curiosamente, me he encontrado con que muchos
cuando se refieren a su dimensión espiritual, inmediatamente explican que viven
su religión a su manera. ¿Cómo así que a su manera?, pues si, toman lo que les
conviene de acuerdo al momento que están viviendo…
En la siguiente tira cómica de Mafalda, esta sostiene un
diálogo con Manolito bien interesante:
“En un mundo de corte empresarial y práctico como éste –un
mundo en el que se busca el beneficio inmediato, la gestión controlada de la
crisis y la limitación de daños-, todo aquello que no pueda demostrar su valía
instrumental es <<un tanto arriesgado>>” (Bauman, 2006, p. 42). Y
es que los valores morales, espirituales, artísticos y humanos, como añora
Mafalda, aquellos que contribuyen a la mejora del desarrollo personal y por
ende a su felicidad, no suman a las cifras de competitividad y “éxito”
profesional y laboral del individuo líquido.
De ahí que en una sociedad líquida, los valores y todo
aquello que pretenda tener cualidad de referente, sea acomodado caprichosamente
por cada individuo, según lo que más le convenga para su propósito líquido
(ganar más dinero, tener más status, “ser alguien”, etc.). Las consecuencias de
adoptar los valores líquidos, por tanto, no podrán verse obstaculizados por especulaciones
morales provenientes del contacto con los demás individuos.
Los referentes líquidos no dejan de ser eso, líquidos. El
individuo líquido, como todos los demás seres humanos, requiere referentes para
no vivir en la angustia ni incertidumbre completas.
Pero ¿qué pasa con esos referentes?... me gusta hacer la
siguiente analogía: el individuo líquido necesita referentes y para eso, coge
el líquido y lo solidifica a su manera, tal como haría con un hielo proveniente
de congelar el líquido en un molde determinado, cada uno de acuerdo al gusto y
necesidad de cada cual. De esta manera, el individuo líquido tendrá su
referente “sólido”.
No obstante, al contacto con la sociedad líquida, aquel
“sólido” (hielo), se derretirá, con la consecuencia de tener que buscar un
nuevo referente que tome el lugar del anterior hielo, esta vez, solidificado
probablemente con otro molde… ¿el
resultado? una insaciable necesidad de construirse a sí mismo sin un fin
determinado.
¿Cómo es tu referente?, ¿es un verdadero sólido o es un
líquido solidificado?, ¿entonces cuáles son los sólidos?… esto es un tema que amerita
una reflexión que espero abordar en otra ocasión.

Andrés: muy bueno, muy interesante. Sí, escríbenos CUÁLES son los sólidos, qué valores debemos perseguir hasta conseguirlos. Un abrazo.
ResponderBorrarAndres, segun lo que dices, un "verdadero" sólido sería aquel que no ha sido líquido antes, no? pienso entonces que pueden haber muchos sólidos que no se funden con el tiempo pero podrían confundirse con los "sólidos" temporales que al final terminan siendo líquidos. Cómo podría entonces identificarse un sólido original? Cuales son sus características? ya los tenes identifcados?
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